miércoles, 18 de enero de 2017

LIBROS & PELÍCULAS



MUCHAS HISTORIAS PARA TAN POCA TINTA

Mientras la guerra del Beagle sigue ausente en los manuales escolares argentinos existen algunos film y libros a los que todos los protagonistas de aquellos deberían acceder para comprender con exactitud qué fue lo que ocurrió y así poder llevar adelante una amplia campaña de difusión.


         Los únicos libros que abordan la cuestión editados en 2005, 2012 y 2015 respectivamente.

Hay que reconocer que los chilenos se han ocupado más del tema que los argentinos. Periódicamente los diarios y revistas más importantes del país trasandino han rendido tributo a sus soldados, suboficiales y oficiales de las tres fuerzas afectados a los teatros de operaciones creados a fines de 1978.
Se han impresos suplementos especiales de varias páginas con relatos y fotografías de la época. Televisión Nacional de Chile realizó un muy buen informe que en la actualidad puede ser visto en Youtube.
El cineasta chileno Alex Bowen Carranza llevó a la pantalla grande algunas de las historias nacidas en las trincheras sureñas con el film “Mi mejor enemigo” rodado en 2005.
La película fue nominada entre las mejores producciones de habla hispana del 20º edición de los Premios Goya pero no obtuvo el máximo galardón en ese rubro ya que fue desplazada, nada más y nada menos, que por “Iluminados por el fuego”.
Cuando ocurrieron los hechos que sirvieron de eje temático al film Bowen Carranza tenía 11 años y en aquel 2005 poco recordaba y menos sabía de lo que en verdad había sucedido. Tan es así que en una entrevista periodística señaló que visitando el sur de su país le llamó la atención ver en varios sectores carteles advirtiendo sobre la existencia de campos minados.
Cuando consultó sobre la razón de ser de estos le informaron que estaban allí desde 1978 por “la casi guerra” con Argentina. A partir de allí Bowen Carranza comenzó a indagar un poco más y publicó algunos avisos en distintos diarios de Santiago convocando a quienes participaron en aquellos hechos para poder armar la historia del futuro film.
 La película muestra un encuentro de futbol entre soldados chilenos y argentinos, el aporte de antigripales para un soldado trasandino enfermo y un breve pero intenso enfrentamiento armado que concluye con un oficial argentino herido y un soldado chileno muerto. Fuera de este deceso, todos las otras circunstancias fueron reales y sus datos aportados a partir de aquella convocatoria inicial.
Si bien el film “Mi mejor enemigo” es presentado como una coproducción chilena, argentina y española, no resulta menos cierto que el aporte económico mayoritario corresponde a capitales trasandinos.
La filmografía se cierra con un cortometraje argentino de bajo presupuesto: “El regalo de Zapura” que también centra su guión en el vínculo de un cabo del ejército argentino con una pelota autografiada por Mario Kempes y en un partido de futbol disputado con soldados chilenos.
En materia de bibliografía el menú no es menos acotado. Solo tres libros se han ocupado del tema.
En noviembre de 1998 editorial Sudamericana editó “El delirio armado”, del periodista Bruno Passarelli que centra su desarrollo solo en el aspecto político y diplomático de la relación mantenida entre Chile y Argentina veinte años antes. Del aspecto militar solo se ocupa de la situación y pugna existente entre los mandos superiores de las tres fuerzas y muy brevemente referencia a la incursión que habría realizado sobre territorio chileno la noche del 22 de diciembre una columna de la X Brigada de Infantería Mecanizada.
Lo principal del citado libro se asienta en la intensa gestión del purpurado argentino para lograr atraer la atención del Vaticano con la consecuente mediación.
En 2012 Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral agrega a su colección el libro “114 en el Sur” de Claudio Ramírez, un ex soldado santafesino que participó en la “Operación Soberanía”.
La obra publica las cartas que el “colimba” Ramírez intercambió con sus padres durante los más de tres meses que estuvo acantonado en la Patagonia argentina.
Los pasajes de las misivas que iban y venían con la velocidad que los sistemas y circunstancias de entonces lo permitían permiten reconstruir escenarios, experiencias y sensaciones no solo de los soldados en el lejano frente de batalla sino también de las familias que habían quedado –angustiadas- en los solares nativos.
En abril de 2015, y después de seis años de recopilar material que incluyó una gran cantidad de testimonios, editamos “Hubo Penas y Olvidos” con recursos propios dado que –presumimos que por ser un tema contrario a los intereses de la década ganada- ninguna editorial se mostró dispuesta a asumir su impresión. Incluso Penguin Random House (Sudamericana) calificó al material de excelente pero se excusaron alegando que el tema no estaba en los planes editoriales inmediatos.
La obra se puede dividir en dos partes. Los dos primeros capítulos referidos a las vivencias del desaparecido servicio militar obligatorio, los preparativos bélicos en detalle y la característica que tuvo la mayor movilización militar en la historia argentina y los pormenores del día D. La segunda parte comprende otros dos capítulos puramente técnicos: leyes nacionales e internacionales y manuales de maniobras militares, todo para concluir que en 1978 existió una guerra por el canal del Beagle, islas e islotes adyacentes.
Pese a que no nos compete juzgar nuestro trabajo entendemos que la trilogía “El delirio armado”-“114 días en el Sur”-“Hubo Penas y Olvidos” debe ser leída por todos los que participamos en aquellos acontecimientos para poder comprender qué fue lo que nos tocó vivir y así poder transmitirlo con la mayor amplitud posible.





martes, 17 de enero de 2017

¡VIVA LA PAPA!



RECUERDOS DEL VIEJO F.A.L. CON CULATA DE MADERA

Se trataba de establecer una especial relación entre el soldado y el fusil como armamento básico. Para el “colimba” argentino debía ser como “su novia” en tanto que para el “pelao” chileno parte de su propio ser.




 
 Arriba: Fusil Automático Liviano (F.A.L.). 
Abajo: Fusil Automático Pesado (F.A.P.), 
ambos, modelos antiguos con culatas de madera.

El Armamento básico de la infantería y de las tropas para apoyo de combate eran esencialmente tres: el Fusil Automático Liviano (FAL), el Fusil Automático Pesado (FAP) y las pistolas Ballester Molina calibre .45. Todas, pocas veces usadas antes de ser afectados a la movilización del ´78.
El FAL –entonces con culata de madera- se completaba con un sable bayoneta con su correspondiente funda (tahalí), dos porta cargadores de cuero con capacidad para dos cacerinas cada uno más la que se llevaba adosada al arma (con capacidad para 20 proyectiles en cada unidad)
Muchos años después de los tiempos de cuartel al haber realizado cursos de defensa con armas de fuego de puño y escopeta táctica, como así también de tiro táctico y haber tenido la posibilidad de realizar entrenamientos junto a algunos integrantes de fuerzas especiales de la policía santafesina, pude comprender lo poco que supimos en aquel entonces sobre manejo seguro del arma y aprovechamiento al máximo de sus prestaciones.
Pero eso, como dije, fue mucho tiempo después. En aquel entonces cuando uno recibía por primera vez el fusil vaya si no se sentía invencible.
Recibimos instrucción divididos en grupos para aprender –se suponía- el manejo de pistolas, ametralladoras PAM 2 y el citado FAL. Las prácticas de tiro, solo reservadas para el polígono que estaba en los fondos del desaparecido Batallón de Ingenieros en Construcciones 121 (Hoy, Batallón de Ingenieros 1) y fueron muy acotadas.
Tiro cuerpo a tierra y rodilla a tierra. Solo 3 o 5 disparos por soldado a cuyo lado se ubicaba un suboficial instructor para corregir posturas y puntería.
Al otro lado de la cancha de tiro asomaban desde un foso los clásicos blancos de cartulina, circulares concéntricos, sobre los que con unos círculos metálicos adosados a unas largas varillas se marcaba el lugar de impacto. Si algún soldado daba en el centro se agitaba desde allí una bandera Argentina al grito de “¡Viva la patria!” que era repetido a viva voz por todos los presentes.
Pero si el tirador no acertaba siquiera dentro del círculo mayor se agitaba una bandera blanca al grito de “¡Viva la papa!”, seguida de las clásicas rizas que ahogaban los improperios dirigidos por el instructor hacia el soldado instruido.
Tuvimos el privilegio de que al ser asistente del jefe de compañía, días previos a la movilización, íbamos hacia el polígono a continuar con las prácticas no solo de FAL sino también con una pistola Browning 9mm y una carabina .22. Tirábamos sobre los citados blancos, sobre siluetas metálicas y tambores de 200 lts.
Formaron parte también de aquella instrucción indicaciones sobre cómo se podía utilizar el FAL y sus accesorios para neutralizar al enemigo: “(…) si se tomaba a un adversario por la espalda el cuchillo, si se lo tenía, o en su caso el sable bayoneta, debía ser clavado con fuerza en forma diagonal por encima de la clavícula, y que la correa del FAL no era solo un elemento complementario de transporte sino que con ella se podía estrangular a un enemigo haciendo una suerte de torniquete desde atrás. Si se usaba la bayoneta calada –había dicho el instructor en su momento- era probable que la misma se “enganchara” en el cuerpo enemigo con su parrilla costal o columna y para salir rápido de tal situación debíamos empujar hacia adelante con uno de nuestros pies puesto sobre el pecho del adversario abatido y tirar con fuerza hacia atrás el fusil. Si no se lograba el objetivo, bastaba con realizar un disparo ya que el tamaño de la herida producida liberaría el sable de su traba ósea” (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvido”).
Como señalamos anteriormente los FAL de entonces tenían culata de madera y había que ser muy cuidadosos no solo durante los movimientos vivos con fusil en mano (clásicas raneadas) sino también durante las guardias. El solo hecho de golpearlos daba lugar al clásico grito de “¡¡¡Nooombre!!!” espetado por el suboficial u oficial jefe de grupo, seguido del también clásico “¡Anótese castigado!”. Y ese especial cuidado era así porque hasta lo impensado podía ocurrir, y en efecto, ocurrió: “(…) En una oportunidad uno de los soldados apostados sobre el mangrullo ubicado en el fondo del cuartel se durmió habiendo apoyado el fusil sobre la baranda. Por las leyes de Newton y de la fatalidad el arma cayó y pegó justo sobre una base de cemento rompiendo la culata de madera y el cargador metálico, que –se dijo- tuvo que pagar el colimba además de haber sido privado de varios francos” (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Los instructores repetían una y otra vez la importancia del fusil para el soldado que era “como su novia” y por lo cual había que aprender a manejarlo y cuidarlo.
A los soldados chilenos -conocidos como “pelaos” como sinónimo de “colimba”-  también se les infundía una especial relación con su armamento. Ambos debían ser una sola entidad, tanto en la vida como en la muerte, y así, cuando las tropas eran embarcadas en los camiones y ómnibus para ser desplazadas hacia las bases aéreas o puertos desde donde partirían hacia el frente, los conscriptos marchaban entonando vivamente “Mi fusil y yo”: “La patria me lo brindó / y por ella lucharemos / siempre juntos mi fusil y yo / y por ella lucharemos / siempre juntos mi fusil y yo. Cuando estoy de centinela / no puedo sentir temor / porque atentos vigilamos / siempre juntos mi fusil y yo / porque atentos vigilamos / siempre juntos mi fusil y yo. Y al dar frente al enemigo / lucharemos con honor / como hermanos de la gloria / siempre juntos mi fusil y yo / como hermanos de la gloria / siempre juntos mi fusil y yo / Y si caigo en el combate / defendiendo el pabellón / a su sombra dormiremos / siempre juntos mi fusil y yo / a su sombra dormiremos / siempre juntos mi fusil y yo” (Fragmento del libro “Hubo penas y olvidos”)

jueves, 5 de enero de 2017

EL AMOR EN TIEMPOS DE MOVILIZACIÓN



AUN EN SITUACIONES LÍMITES QUEDA ESPACIO PARA CIERTO OCIO




Fotograma del film "Pantaleón y las visitadoras"

“Yo soy yo y mis circunstancias” enseñaba José Ortega y Gasset quien había muerto precisamente 23 años antes de que Jorge Videla firmara el decreto disponiendo la movilización masiva de tropas hacia las fronteras Oeste y Este. Y la vida pone a los seres humanos en circunstancias que parecen hechas a medida o que todo se va dando como un capricho del destino.
El bar de moda en la capital santafesina se ubicaba en la esquina de Buenos Aires (hoy Monseñor Zazpe) y San Martín y había sido bautizado Shelter en honor al tema de los Rolling Stone Gimme Shelter (Dame refugio) canción escrita por Mick Jagger y Keith Richards en el entonces no tan lejano 1969 y referido a Vietnam. Y vale recordar esto porque así como señalábamos aquella ironía de la canción de la Carrá, ésta otra tiene una estrofa que dice War, children, it's just a shot away, It's just a shot away, es decir, La guerra, niños, está a un solo tiro de distancia, está a un solo tiro de distancia… No lo sabíamos cuando departíamos alegremente en sus mesas, pero en verdad estaba a un solo tiro de distancia y nosotros seríamos los encargados de protagonizarla (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Pero esta no fue la única “canción de moda” que enmarcaba nuestras realidades y circunstancias. Desde la península itálica llegaba la estridencia y dinamismo de Rafaela Carrá con su –nada más y nada menos- “Hay que venir al sur”.
Y las pequeñas radios a transistores (las más completas, con audífonos ya que los auriculares no existían) disparaban a repetición “Para enamorarse bien hay que venir al sur / para enamorarse bien iré dónde estás tú / sin amores, quien se puede consolar / sin amores, esta vida es infernal”.
Y muchas historias de amores se tejieron en aquellas latitudes y en aquellas circunstancias. Amores mentidos, amores verdaderos, amores comprados, amores destrozados, pero seguramente nunca y en ningún caso, amores olvidados.
Así como circulaban entre los civiles versiones de que miles de ataúdes habían sido despachados en trenes hacia el sur del país, entre la tropa circulaba una más entretenida: que las fuerzas armadas enviaban en trenes o micros cientos de prostitutas para satisfacer ese “obscuro objeto del deseo” de los combatientes. A priori, pareciera algo descabellado pero ya Mario Vargas Llosa contempló tal posibilidad en “Pantaleón y las visitadoras” donde al capitán Pantaleón Pantoja se lo pone al frente de una sección de prostitutas para recorrer las guarniciones de la región selvática del Perú a fin de bajar la tasa de abusos sexuales que tenían como blanco a las jóvenes lugareñas.
Y aunque nada de esto ocurrió en aquel verano del 78 cada soldado, con jerarquía o sin ella, se las arregló como pudo o como se lo permitieron sus circunstancias.
Un joven oficial del ejército argentino fue sancionado con tres días de arresto “por presentarse en un lugar de reunión de oficiales superiores acompañado de una mujer no siendo ésta su esposa”. Lo que había ocurrido es que este treintañero oficial había conquistado una bella dama en las calles céntricas de alguna ciudad sureña cuyos datos no se brindan para evitar efectos colaterales complementarios y bajo aquel mandato de “si te portas mal, borra las evidencias y niégalo todo”.
Con su flamante conquista el oficial se dispuso a degustar un café en su grata compañía en el bar de uno de los hoteles de aquella ciudad sin reparar que el lugar estaba plagado de oficiales de todas las fuerzas y armas.
Un coronel, que no era su jefe directo pero al fin y al cabo sí su superior de mayor jerarquía en ese momento y lugar comunicó la novedad al teniente coronel que sí era su jefe y el joven oficial debió pasar tres días encerrado (arrestado) en el camarote del tráiler que hacía las veces de dormitorio.
En rueda de oficiales, dice, y después de aquella situación y mientras circulaba de mano en mano el tradicional mate el soldado cebador espetó un comentario que disparó la ira del sancionado. “Mi teniente primero, de que la va el coronel si cuando yo fui a las casitas las otras noche él estaba sentado en un sillón del living y tenía a una de las putas sentada sobre su falda”.
“Las casitas” era tres inmuebles ubicados en algún barrio periférico de aquella ciudad y en el cual vivían unas tres o cuatro mujeres por unidad. Todas provenientes del “norte” del país y que de noche –o cuando se suponía que debía serlo porque en el sur el sol se pone muy pero muy tarde- eran prestadoras sexuales como las del capitán Pandoja.
Otro solado cuenta que muchos suboficiales de su unidad eran verdaderos “ganadores” y cada noche se hacían buscar en el portón de acceso del lugar que oficiaba de vivac por alegres muchachas. Pero entre ellos estaba un sargento sobre el que pesaba la sospecha de que había optado por un alegre muchacho como compañía y cuya presencia justificaba apuntándolo como un viejo amigo.
Así competían entre ellos a ver quien se hacía buscar por el mejor auto de la época. Y así desfilaban los Opel K 180, los Fiat Súper Europa aunque también uno que otro Citroen 2CV.
Otro joven oficial, que se había ganado –y bien ganada- la comparación con Isidoro Cañones se convirtió ciertamente en el ídolo de su soldadesca. Había conquistado a la dueña de una boite (término antiguo si los hay) e inmediatamente procedió al intercambio de figuritas: él, además de su amor circunstancial (otra vez, Ortega y Gasset), puso a disposición del boliche un par de soldados experto uno en sonorización y el otro en la preparación de tragos, los cuales todas las noches contaban con permiso especial para cumplir sus faenas hasta las primeras luces del día.
Los soldados a cambio de sus servicios podían consumir alimentos y bebidas sin límites (¡incluidas las históricas wiskolas y cubalibre!) y algo de tabaco sin cargo, pero nada de hacer uso de los servicios de las “prestadoras”. Ahí había que ponerse. Si no consumían nada la “amante del teniente francés” les realizaba un pequeño pago conforme a como se había recaudado en la noche.
Pero el mentado “Isidoro Cañones” tenía no solo acceso gratuito a la boite (y a su propietaria, obvio) sino también canilla libre y diversión asegurada.
Otro soldado cuenta que había conquistado a una joven un poco más chica que él pero la falta de recursos económicos y “conocimiento del terreno” imposibilitaron la consumación… Y todo quedó en intentos. “Recuerdo que en una oportunidad salimos a caminar por la ciudad. Caminamos, caminamos y caminamos hasta que llegamos a unas rías de suelo muy pero muy rocoso. Después del obligatorio cuerpo a tierra y cuando comenzamos con lo que parecía se concretaría ocurrió lo peor. Un silbido nos volvió a la realidad. Provenía de un pozo de zorro ubicado a muy pocos metros y que no habíamos visto… lleno de soldados y ametralladoras antiaéreas que despuntaban. No entendimos lo que nos gritaban por el fuerte viento que soplaba pero no se necesitó mucho para comprender que debíamos replegarnos”.
“Nunca más supe de ella –agrega- y tampoco la localicé en el moderno facebook, lo que sí hice con otra muchacha de entonces, amiga de un soldado de mi compañía, con la cual intercambiamos en aquel 78 muchísimas cartas. Pero cuando la ubiqué dijo no recordar quién era”.
Otra “circunstancia” que podría enmarcarse en otro tema de entonces, de José Augusto titulado “Mi primer amor”: “En una fiesta muy linda donde tu fuiste a bailar /
sin querer nos encontramos y te quise saludar / de pronto tu me miraste fingiendo haberme olvidado / con tu sonrisa forzada supe que te habías casado /
Y toda la noche bailaste con el / si tus ojos miraban fingían no ver / nunca pude saber si era dicha o dolor / recordando mi primer amor”
.

miércoles, 4 de enero de 2017

AQUEL MONTE MISIONERO DEL 78



UNA PATRULLA EN LA LINEA DE FUEGO

Continuando con el extenso anecdotario que dejó la historia olvidada un subteniente de reserva realiza su aporte sobre los días de su convocatoria al servicio activo.





Egresado del Liceo Militar “General Manuel Belgrano” como bachiller y subteniente de reserva fue incorporado al servicio activo cuando ya había comenzado casi dos meses antes la mayor movilización militar que conoció nuestro país.
En los primeros días de diciembre del 78 el ex cadete Miguel Márquez fue convocado y en el Distrito Militar Santa Fe recibió su uniforme mimetizado que incluía una jineta con la estrella plateada de Subteniente y demás equipo complementario. Así equipado fue destinado a una unidad en el monte misionero.
Aún recuerda la saturación gastronómica de bife de cebú con puré de mandioca, el acondicionamiento de emergencia que se hizo de un viejo y abandonado destacamento de Gendarmería Nacional en proximidades de San Javier y las diarias caminatas de casi 20 kms hasta Itacarué donde habían emplazado una suerte de terreno para entrenamiento de la improvisada tropa.
 Cuenta el subteniente que estaban al mando del entonces capitán Aldo Rico y que en una de las tantas prácticas ordenadas sobre el terreno de Itacarué una sección quedó realizando prácticas de tiro en el improvisado polígono mientras que otra, que quedó a su mando, inició un patrullaje por la selva espesa y cerrada.
Iniciada la marcha a puro machetazo a la casi pérdida de la noción del tiempo se le sumó la pérdida en la orientación. De pronto comenzaron a escuchar silbidos entre el follaje que prontamente advirtieron como disparos que resultaron ser los de la propia tropa y que por milagro ninguno resultó herido.
Lo que había ocurrido es que por ese inexplicable capricho de la conducta humana la patrulla había caminado en círculo hasta ubicarse detrás del sector indicado como línea de fuego del polígono.

Coincidencias

 En otro orden de cosas, el subteniente recuerda que dada las características del armamento que poseían y ante la imposibilidad de frenar un avance de las tropas brasileras se había dispuesto como estrategia eventual pasar a una guerra de guerrillas.
Una situación que no resulta descabellada si prestamos atención a que entre los planes trazados al otro lado de la cordillera se encontraba, precisamente, iniciar una guerra de guerrillas en el extremo sur de la provincia de Santa Cruz y aún en el propio suelo chileno. “Más al Sur, a la altura de Villa la Angostura y el entonces paso Puyehue (hoy, Cardenal Samoré) en la ciudad de Osorno se formaron los “Huasos de Bueras”, algo así como “los gauchos de Bueras”. Este grupo de civiles voluntarios era entrenado militarmente los sábados con la idea de enviarlos a la línea de batalla fundamentalmente para realizar una guerra de guerrillas o desgastes sobre las tropas argentinas. Esa zona era defendida por el Regimiento de Ingenieros 4 “Arauco”. (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Cabe destacar que José Santiago Bueras y Avarias es un prócer chileno que participó en la guerra de independencia e incluso escapó hacia Mendoza donde se puso a las órdenes de San Martín quien lo envió clandestinamente a su país para organizar una guerrilla en la región de Aconcagua.